Los asesinos de la tercera edad
Vía Infolibre.
La Vida en tiempos del coronavirus
“Quien cree que vales lo que puedas pagar, ese es tu enemigo.”
En su libro Ya la sombra, Felipe Benítez Reyes publicó un poema titulado Residencia de ancianos,
donde hay versos hermosos y terribles que hablan de “una condensación
de tiempo inerte”, “un olor a pasado y a morfina”, “los ojos que no
miran lo que miran”, “el miedo que recorre los pasillos”, “el tiempo que
ha dejado de ser vida”… Lo publicó en 2018, pero hoy, por desgracia, ha
cobrado una actualidad dolorosa, cuando el huracán del coronavirus ha abierto las puertas de los geriátricos
y lo que se sospechaba pero no se quería dejar ver se ha visto: que en
muchos casos, esos centros no existen para cuidar a los mayores, sino
para librarse de ellos; que en una parte de ellos los maltratan; que son
un negocio cruel y en alza, dado el crecimiento de la esperanza de vida
en el mundo y especialmente en España, que es un paraíso de la tercera
edad; y sobre todo, que expresan como pocas cosas la inmoralidad y
la
bajeza de nuestras sociedades, que en lugar de ver en la experiencia un
grado y respetar a los más viejos como lo han hecho todas las sociedades inteligentes,
sólo ven en los ancianos a personas inútiles, prescindibles, onerosas
porque ya están fuera del mercado, gastan y no producen. Cada tanto,
aparece una o un ministro para afirmar que el sistema no puede soportar
la carga de las pensiones, lo cual, dicho en plata, deja entrever un
reproche: esa gente se empeña en no morirse, incrementa el gasto
farmacéutico, su jubilación es cara. Entre otras cosas, eso que se
callan, pero piensan e insinúan en sus discursos, ese argumento
demuestra la idea que tienen del sentido de los impuestos y el del trabajo,
al plantear las prestaciones como una limosna, en lugar de como un
derecho que se ha ganado la gente con sus años de cotización. No les
regalan nada, sólo les devuelven una parte de lo que han dado.
la
bajeza de nuestras sociedades, que en lugar de ver en la experiencia un
grado y respetar a los más viejos como lo han hecho todas las sociedades inteligentes,
sólo ven en los ancianos a personas inútiles, prescindibles, onerosas
porque ya están fuera del mercado, gastan y no producen. Cada tanto,
aparece una o un ministro para afirmar que el sistema no puede soportar
la carga de las pensiones, lo cual, dicho en plata, deja entrever un
reproche: esa gente se empeña en no morirse, incrementa el gasto
farmacéutico, su jubilación es cara. Entre otras cosas, eso que se
callan, pero piensan e insinúan en sus discursos, ese argumento
demuestra la idea que tienen del sentido de los impuestos y el del trabajo,
al plantear las prestaciones como una limosna, en lugar de como un
derecho que se ha ganado la gente con sus años de cotización. No les
regalan nada, sólo les devuelven una parte de lo que han dado.
El coronavirus no mata sólo de octogenarios en adelante, como se
supuso al principio, pero sí que las personas mayores de 80 años son el
60% de las víctimas y, sobre todo, son las que están muriendo a solas, a
veces en edificios abandonados de los que deserta el personal, en
muchos casos operarios no especializados con contratos precarios, que
cobran menos de mil euros al mes y no tienen ni la preparación, ni la
vocación, ni la deontología de los profesionales de la Sanidad que estos días aciagos se están dejando literalmente la vida para
intentar salvar las de los demás. ¿Cuál es el origen de esta tragedia?
Muy fácil, el de casi todas: el dinero. Los geriátricos son aquí, en su
inmensa mayoría, privados o se han acogido a la trampa de lo concertado.
Por lo tanto, sus gestores miran y no ven pacientes sino clientes. Los
propietarios son pocos y muchos de ellos
son fondos buitre. Eso es lo
que estaba pasando y ahora ha salido a la luz.
son fondos buitre. Eso es lo
que estaba pasando y ahora ha salido a la luz.
Cuando algunos sostenemos que aquello que es necesario para vivir
debería ser público, nacionalizarse, estar sometido al control político y
ser transparente para que la ciudadanía vea lo que hay dentro, siempre
hay alguien a tu lado que se sonríe, que te mira con ironía y
condescendencia. Son las y los defensores del neoliberalismo, esa
máquina trituradora que ha reducido a polvo muchas de las conquistas que
le había costado siglos lograr a la humanidad. Son los que justificaban
que se cerrasen hospitales, que se redujeran las plantillas de la Seguridad Social, que se vendieran sanatorios a especuladores;
son quienes criticaban a médicos, enfermeras y celadores por pedir
mejores condiciones laborales y por denunciar las carencias que se
multiplicaban en las clínicas; y también son quienes ahora encuentran
natural que muchas empresas que han ganado miles de millones en sus
últimos ejercicios hagan un ERTE que en algunos casos tratarán de
convertir en ERE a los seis meses. Y que pague el Estado, que para eso
sí que existe. 

Inditex ganó 3.638 millones; Renaul,: 2.900 millones; Ikea, 1.817
millones; IAG, 1.715 millones; H&M, 1.639 millones y Ryanair, 1.020
millones, pero todas ellas lo han pedido. Para darles una lección,
Estrella Galicia ha prometido no hacerlo de momento, y a ver qué pasa de
aquí a mayo. Las cosas se pueden hacer de otra forma. Cuando volvamos a
salir a la calle, lo haremos a un mundo distinto. La pregunta es si con
el tiempo que hemos tenido para reflexionar seremos capaces de no volver a tropezarnos en la misma piedra.
Lo público es un servicio; lo privado, un negocio. A veces, la raya que
separa una cosa de la otra es la que va de la vida a la muerte. Que se
lo pregunten a los asesinos de la tercera edad. Cuando esto pase, la ley
tiene que perseguirlos y llegar hasta ellos, por muy altos que estén
sus despachos.


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