No son nada nuevo, aunque sí igualmente rechazables
y aún más descaradas, acciones como las actuales convocatorias de
empleo de la Junta
En esencia, el caciquismo
clientelar consiste en favorecer selectivamente desde posiciones de
poder a algunos de los que están en niveles sociales bajos,
beneficiándoles sobre sus iguales, para garantizarse su apoyo y
fidelidad. Se trata de prácticas de raíz precapitalista -feudal o
señorial- que se han mantenido dentro del capitalismo, a pesar de los
cantos a la meritocracia como vía de ascenso social y de la proclamada
igualdad formal de todos ante la ley, porque continúa hoy siendo
funcionales a los poderosos.
En el Reino de España, el caciquismo clientelar se
convirtió, en el siglo XIX, en el eje central del sistema político. Y se
adentró en el XX con la primera Restauración Borbónica. En la mayoría
de los lugares, sobre todo rurales, las elecciones supuestamente
democráticas tenían siempre como vencedor al cacique local o comarcal,
perteneciente a alguna de las grandes familias propietarias, o a hombres
de paja de estos. El poder económico y social era la fuente del poder
caciquil, que desembocaba, y se reforzaba, con el poder político. Así lo
vieron Joaquín Costa y cuantos se acercaron con mirada crítica a
nuestras realidades. En el sistema bipartidista de la época, los dos
grandes partidos del "turnismo" actuaron en base a este modelo,
colocando en los puestos de la administración a sus respectivos
seguidores y clientes cuando accedían al gobierno, tras cesar a los que
antes, siguiendo el mismo procedimiento, habían sido designados por el
partido rival (que no enemigo). Y este tipo de organización funcionó
también en la gran mayoría de los partidos de la II República,
controlados por una sola persona o integrados por facciones que, a su
vez, funcionaban caciquilmente.
De ahí el rechazo a los partidos de
quienes, como Blas Infante, los consideraban enemigos de la democracia
por su naturaleza de "organizaciones caciquiles".
Con
la dictadura franquista, algunos oligarcas locales se fortalecieron
como caciques omnímodos y también pasaron a serlo otros personajes y
personajillos fieles al Régimen. Su poder llegó ser casi absoluto sobre
las haciendas e incluso la vida de los vecinos. Y muchos de ellos
acrecentaron su riqueza o se hicieron ricos desposeyendo a otros o a
través de negocios como el estraperlo.
Hace cincuenta años, algunos pensábamos que el
caciquismo todavía existente en la época del tardofranquismo, debilitado
por la aparición de organizaciones populares y por la propia
deslegitimación del Régimen, tendría su fin con la consecución de la
democracia. Nos equivocamos, porque pronto los partidos políticos
comenzaron a funcionar internamente, con diversas coartadas como la
eficacia, la necesidad de publicitar al líder o el centralismo
democrático, con arreglo a las normas y usos del caciquismo. "Quien se
mueva, no sale en el foto", fue una frase famosa de Alfonso Guerra: una
advertencia para que nadie sacara los pies del plato, atreviéndose a
disentir o a pensar por sí mismo, porque serían eliminados. Y esto fue
general y llega hasta hoy, en lo esencial, en nuestra partitocracia
coronada.
En Andalucía, en concreto, desde los años ochenta fue
construyéndose un caciquismo de nuevo tipo, ahora con base, más que en
el poder económico, en el desempeño de cargos públicos, sobre todo
municipales. El cambio en el sistema de ayudas a los desempleados
agrícolas fue clave. De exigir trabajo a quienes podían darlo -los
grandes propietarios de tierras- los jornaleros pasaron a reclamar
subsidios de desempleo o puestos en el PER a los alcaldes, que se
convirtieron también en firmantes de peonás imprescindibles para
tener acceso a ellos. Surgía así un nuevo caciquismo clientelar, a la
vez personal y de partido, que ha sido uno de los elementos centrales
del régimen psoísta. Un régimen también reforzado por las tramas
clientelares tejidas en los concursos de contratación y en la
adjudicación de subvenciones por parte de ayuntamientos, diputaciones y
consejerías, con solo contadas excepciones.
Por ello, no son nada nuevo, aunque sí sean
igualmente rechazables y aún más descaradas, acciones como las actuales
convocatorias de empleo de la Junta -sean para vigilantes de playas o
para técnicos de la administración- que se cierran a las 24 horas de su
anuncio y señalan como único criterio a tener en cuenta el orden de
llegada de las solicitudes. ¿Es arriesgado pensar que estaban
previamente avisados aquellos que interesaba la enviaran en los primeros
minutos? Como escribíamos aquí hace ya más de un año, el "turnismo"
comenzó ya en Andalucía. ¿Alguien creía que con ello podría desaparecer
la lógica caciquil-clientelar?



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