F. Javier Merchán Iglesias.
Francisco Javier Merchán Iglesias, colaborador de http://www.rebelion.org, es catedrático de Educación Secundaria y Profesor de la Facultad de Educación de la Universidad de Sevilla.
Francisco Javier Merchán Iglesias, colaborador de http://www.rebelion.org, es catedrático de Educación Secundaria y Profesor de la Facultad de Educación de la Universidad de Sevilla.
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Hace unos días se puso
en marcha en el Congreso de los Diputados el proceso que dará lugar a
una nueva ley educativa -la LOMLOE o “ley Celaá”-, que sustituirá a la
LOMCE o “ley Wert”, que a su vez sustituyó a la LOE… Desde que se aprobó
la primera –la LOECE en 1980-, sería esta la octava ley orgánica de
educación de la restaurada democracia, lo que supone que se ha
promulgado una cada cinco años, al tiempo que se han derogado cuatro.
En
la comunidad educativa y en la opinión pública en general, este baile
de leyes suscita inquietud y es el motivo fundamental para que desde
muchas partes se reclame la conveniencia de un Pacto educativo que dote
de mayor estabilidad al sistema escolar. Si comparamos con otros países
de nuestro entorno, el asunto constituye claramente una anomalía que
tiene explicación más allá de los discursos y eslóganes.
Mirando a fondo las
diferencias entre las leyes que unos promulgan y otros derogan, veríamos
que no son tantas, aunque, eso sí, son de mucho calado y contenido.
Aunque no es la única, la principal de esas diferencias es la posición
que adoptan en la determinación del estatus de la enseñanza pública y la
enseñanza privada.
Es este un conflicto resuelto en los países europeos
(de ahí la anomalía española) que en nuestro caso se arrastra desde la
formación del sistema estatal de enseñanza y constituye hoy el
principal escollo que dificulta el anhelado Pacto educativo. En su
momento, durante el debate sobre el artículo27 de la vigente
Constitución, se manifestaron claramente dos posiciones; por una parte
la defensa de un fuerte sistema público de enseñanza, y por otra, la
defensa de la privilegiada posición que tenía la enseñanza privada en
las postrimerías del franquismo. En aras del consenso, se acordó una
redacción calculadamente ambigua del citado artículo que no alcanzó
para resolver el problema, dejando su concreción a la acción de los
sucesivos gobiernos.
De hecho la LOECE, aprobada por un gobierno de la
extinta UCD, concedía a la enseñanza privada el benefició de la
subvención del estado sin apenas control sobre ella. Una sentencia del
Tribunal Constitucional que anulaba importantes artículos de esta ley,
unida a la descomposición de la UCD acabó con ese camino. Más adelante,
la LODE (única ley educativa vigente desde entonces), aprobada por un
gobierno del PSOE, consagraba la subvención pública a la enseñanza
privada con la instauración de la escuela concertada –es decir, de la
escuela privada subvencionada-, si bien se establecían ciertas
condiciones y controles, principalmente su sujeción a las normas
generales de escolarización.
Así, los partidarios de la escuela pública
renunciaban al establecimiento de un único sistema de enseñanza (que
no excluía a la escuela privada no subvencionada) y aceptaban la
existencia de una enseñanza privada financiada por el estado que atendía
entonces en tono al treinta por ciento de la población escolar. Quizás
ese fue el Pacto educativo no escrito que pretendíó resolver el
conflicto entre pública y privada. Pero parece que no lo consiguió.
Es
cierto que algunos sectores del PSOE sostenían que la fórmula de los
conciertos era transitoria y que con el tiempo se fortalecería la
enseñanza pública, de tal manera que terminaría por reducir al mínimo el
sistema de conciertos. Pero esto tampoco ocurrió, pues los distintos
gobiernos socialistas –centrales o autonómicos- no hicieron nada en esa
dirección. Sin embargo, los defensores de la subvención a la escuela
privada –habitualmente la Iglesia y los partidos de la derecha- parece
que no se dieron por aludidos ni se contentaron con la proporción
pública-privada (sí con el modelo) que implícitamente se establecía
cuando se aprobó la LODE. De aquí que en el núcleo de su política
educativa siempre está ampliar esa proporción en beneficio de la
escuela concertada.
Se da entonces la paradoja de que mientras unos
establecieron y regularizaron el sistema de conciertos a cambio de
limitarlos a la proporción existente en el franquismo, otros pugnan por
extenderlo sin limitación alguna. Unos, los que la inventaron, hacen
leyes para contener la expansión de la escuela concertada y otras la
hacen para ampliarla.
De esta forma se produce
el mentado trasiego en la legislación y se hace inviable cualquier
Pacto educativo. Las cosas pueden seguir así indefinidamente, o quizás,
para no marear tanto al personal, pueda formalizarse un acuerdo que
trataría de muchos temas pero que, ineludiblemente, tendría que resolver
la proporción entre enseñanza pública y concertada atendiendo a la
única referencia que unos y otros parecían aceptar (¿o no?): el estado
de las cosas en 1985.



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