domingo, 23 de agosto de 2020

ABRIR LA ESCUELA. La educación presencial es irrenunciable. Comunicado del MCEP. Movimiento Cooperativo de Escuela Popular.

ABRIR LA ESCUELA. La educación presencial es irrenunciable



Llega septiembre y la apertura de las escuelas sigue sin aclararse. La pandemia que provocó su cierre continua activa y las medidas anunciadas desde la mayoría de las comunidades autónomas no ofrecen seguridad de que sea posible un inicio de curso de forma presencial. En general, no se han aumentado los recursos ni se ha potenciado  la coordinación entre las diversas administraciones que inciden en la vida escolar, y en varios territorios se ha derivado en los equipos directivos toda la responsabilidad sin ofrecerles apoyo ni asesoramiento.

Denunciamos que al hablar de cómo organizar provisionalmente el inicio de curso, estamos desviando la atención y olvidando que lo que realmente necesitamos es repensar una alternativa para, al menos, todo un curso.
En marzo, ante la novedad y la incertidumbre, el derecho a la salud, entendiendo salud como ausencia y prevención de enfermedades, fue el elemento clave que acarreó el cierre de escuelas.
El derecho a la salud debe ser  compatible con el derecho a la educación, entendida ésta como resultante de unas vivencias de aprendizaje colectivo y no meramente una mera transmisión y adquisición de contenidos académicos. Para la infancia y adolescencia, la escuela, con todo lo que aporta de relación, de aprendizaje ente iguales, de contacto presencial, de movimiento y juego, de compensación de situaciones de desigualdad, etc., es un elemento fundamental de su bienestar. Y sin ella, no podemos hablar de cuidar la salud de gran parte de las criaturas y de sus familias.
En estos meses han surgido bastantes informes de diversas asociaciones y organismos (desde Save the Children hasta la ONU) que ponen su mirada en los perjuicios y daños que han supuesto las escuelas cerradas para un amplio porcentaje de población infantil que no disponen de un entorno y unos medios suficientes para una vida digna.
Llama la atención y sorprende, que mientras en los parques, plazas o playas los niños y niñas juegan y se relacionan, se plantee que eso no es posible en las escuelas. Por otra parte, la economía hace que los adultos se reincorporen al puesto de trabajo, se utilicen los transportes públicos y se permita la apertura de centros de consumo. Y al mismo tiempo, ante el riesgo de contagios, se ponga en duda la reapertura de los centros.
Una escuela cerrada  agranda las diferencias y ahonda la pobreza.  La falta de recursos en tecnologías o de apoyo personal, hace que  la desigualdad todavía se acentúe más en el alumnado con discapacidades, y en el más desfavorecido. La desigualdad produce mayor desigualdad.
Entendemos que la vuelta a las aulas es importante y necesaria. Es algo que no admite discusión y debe considerarse como un servicio esencial. Y por tanto es cuestión de estudiar de forma decidida el cómo y con qué recursos hacerlo. No puede ser que esta vuelta suponga un retroceso en los derechos de la infancia o un reforzamiento de la escuela tradicional y autoritaria, que condene al alumnado a la inmovilidad, a la ausencia de relaciones y a un hacer repetitivo y pasivo.
A lo largo de nuestra práctica como Escuela Moderna, hemos defendido que otra pedagogía es posible. La educación y el aprendizaje son el resultado de una convivencia  democrática y participativa, donde los intereses y propuestas del alumnado toman protagonismo, donde el intercambio y la investigación del entorno, son elementos fundamentales y necesarios de la vida del aula.
En estos momentos creemos que la pedagogía Freinet  ayuda y favorece la vuelta a una escuela de convivencia, basada en el cuidado mutuo y en el aprendizaje cooperativo, abriendo el  currículo a la realidad vivida y cuestionando el modelo social,  económico y medioambiental que nos ha llevado hasta aquí.
Es preciso, desde el principio, favorecer la participación e implicación de la comunidad educativa y administraciones locales promoviendo reuniones conjuntas, foros entre docentes, familias, sindicatos, alumnado y demás agentes educativos para el intercambio, la autogestión de los centros y la adaptación a cada realidad.
Reclamamos que se considere la educación como la actividad prioritaria e imprescindible que es. Reivindicamos que la salud sea algo más que tratar de protegerse del contagio de Covid.
Es evidente que esto requiere tomar decisiones, invertir y aumentar recursos,  de forma decidida. A lo largo de estos meses desde nuestra página web ( www.mcep.es), desde sindicatos,asociaciones, ONGs se han venido planteando y detallando algunas de las medidas necesarias para facilitar una mejores condiciones en esa vuelta:  
desde proporcionar el necesario material sanitario y de higiene;el imprescindible aumento de las plantillas de profesorado para reducir los grupos y cubrir las bajas y eventualidades desde el primer día; la ampliación de personal de limpieza  y el facilitar una permanente conexión con personal sanitario; hasta la reestructuración de espacios comunes para diseñar aulas alternativas, patios con ambientes propicios para el aprendizaje y la convivencia; pasando por dar autonomía a los centros para flexibilizar horarios y estructurar el currículum de forma más adaptada a las necesidades, más integral y globalizada o por ámbitos de conocimientos.
Responder a ellas es el papel que deben asumir las Administraciones.
 Algunas ya lo están haciendo, otras siguen minusvalorando lo que tiene la enseñanza de servicio público, sin asumir  responsabilidades y desviando la atención.
Reclamamos que igual que se están dedicando recursos y estableciendo normativas para facilitar la continuidad de la vida social y económica, también se tomen todas las medidas necesarias para ofrecer a nuestros niños y niñas las mejores condiciones de aprendizaje y socialización, en entornos lo más saludables  y seguros posibles. Ninguna sociedad puede permitirse un año sin escuelas

Movimiento Cooperativo de Escuela Popular (MCEP)

22 de agosto 2020

sábado, 22 de agosto de 2020

Escrito por una maestra de infantil jubilada.



Escrito por una maestra de infantil jubilada.
Estoy pensando que no soy experta en epidemiología, ni formo parte del comité de educación que estarán buscando como locos fórmulas para que los alumnos vuelvan al cole en septiembre, quiero pensar que tendrán asesores que les marcarán las pautas a seguir.
Pero he sido maestra casi 40 años, sí, soy una experta en como organizar un aula con 25 niños de infantil.

Es tiempos normales, sin el virus.

Los primeros días no ejerzo de maestra, solo quiero consolar y calmar a los alumnos, la programación que había hecho en los primeros días de septiembre está llena de tachones.

Llantos, mocos, pipis, todos agarrados a mí falda....... pasan unos días y poco a poco se van adaptando, consigo que estén sentados en sus mesas, pero ellos no entienden de confinamiento, y por mucho cuidado que tenga, no pueden estar separados, juegan juntos, comparten juguetes, los tocan..........los puntos suspensivos serían interminables.

Siguen pasando los días, ya consigo que trabajen un poco, utilizan lápices de ceras, plastilina... ¿ Qué hago? Le pongo el nombre a cada lápiz, a cada plastilina, no saben los expertos que siempre quieren el que no les ha tocado y se los cambian.

La hora de la comida es para grabarla y que la vea la ministra de educación, se lavan sus manos, yo les abro el grifo, les pongo el jabón uno a uno, sobre todo en tres años, los más mayores solos, todavía con más riesgo, todos quieren comer al mismo tiempo, quieren la comida del compañero, a veces se la quitan o el otro se la da.

Todas esas pequeñas cosas ocurren sin yo poderlo remediar....
Y sigo ... llega la hora del recreo, los tres cursos juntos en el patio, jabatas( las maestras) corriendo por el patio para vigilar sus juegos que como niños sanos da gusto verlos correr, te tienes que preocupar de los que se aíslan, los que todavía no se sueltan de mis piernas............................. podía seguir escribiendo, pero no sirve de nada.

Se me olvidaba, cuando uno se resfria se lo pega rápido a los demás, me he encontrado muchas veces con la mitad de la clase vacía. Humildemente invito a la ministra y a todos los políticos que quieran, a qué visiten un aula de cualquier centro educativo.

Hace mucho tiempo vino a mi clase una inspectora para evaluar el cole, yo tenía ese año los más pequeños, ella estaba sentada tomando nota del funcionamiento de la clase y de mi trabajo, bueno pues los niños acudían a ella para muchas cosas, incluso llevó a más de uno al cuarto de baño.

Cuando terminó la jornada me dijo una frase que nunca olvidaré: todos teníamos que pasar un día por una clase de infantil.
Esto es una mínima parte del mundo de la enseñanza en circunstancias normales.
Estoy ya jubilada, pero pienso en la papeleta que tienen mis compañeros y compañeras.
Esta es mi vivencia como MAESTRA de INFANTIL. He dedicado toda mi vida a la enseñanza y lo haría de nuevo.

Muchos alumnos están a cargo de sus abuelos jubilados, ¡ otra vez nos va a tocar el perder! Soy mayor pero amo a la vida.
Rogaría a quien competa que pidan opinión a los profesionales de la enseñanza.

Me gustaría estar equivocada y que mi opinión fuera la de una MAESTRA ya un poco " chocha"
Lola G. - 30- julio - 2020
* Todavía hay tiempo, rectificar es de sabios*

domingo, 16 de agosto de 2020

Una pantalla no es una escuela



 

Una pantalla no es una escuela.

Miguel Ángel SANTOS GUERRA, leonés de nacimiento y malagueño de adopción, es Doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad Complutense y Catedrático Emérito de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de Málaga.
1AGO
Todos los años, en pleno agosto, nos asaltaban los anuncios comerciales con un lema que sembraba de inquietudes las mentes despreocupadas de los escolares y de los docentes que disfrutaban de las olas del mar o del aire de la montaña: Vuelta al cole. Era un ciclo inexorable: final de curso, vacaciones de verano y vuelta al trabajo.

Este año todo es diferente. El ciclo se ha roto. Ha terminado el curso escolar y ni alumnos ni profesores han tenido que abandonar la escuela para comenzar las vacaciones.  El adiós ha consistido en cortar la conexión digital. Estamos hablando de una hipotética vuelta al cole desde antes incluso de que llegásemos al verano. No se sabe en qué situación estaremos cuando llegue septiembre. Seguirá el virus entre nosotros, seguramente, porque la vacuna y los antídotos todavía se harán esperar. Por otra parte, los rebrotes están sembrando de dudas el porvenir.
Es probable que tengamos que practicar el “blended learning” (aprendizaje híbrido), con procesos de enseñanza presencial y digital. Lo que hemos aprendido y practicado nos servirá en el futuro. No habrá una vuelta a todo lo anterior como antes se hacía. Como si nada hubiera pasado.  
La pandemia ha puesto patas arriba nuestro mundo. También los sistemas educativos. De la noche a la mañana, se cerraron las escuelas y los docentes tuvieron que permanecer en sus casas para realizar el trabajo cotidiano a través de unos medios que no eran los habituales. De pronto se vieron obligados a trabajar y a comunicarse de un modo virtual. Entre ellos como equipo y con sus alumnos y alumnas. Vivieron nuevos retos profesionales y emocionales. Y pudieron comprobar que la brecha digital potenciaba unas diferencias ya de por sí injustas y crueles.
Desaparecieron bruscamente todas las rutinas: la llegada y la despedida, las reuniones en la sala de profesores, el trabajo en aulas y laboratorios, el ocio compartido en los patios, la comida comunitaria (donde la había), las actividades deportivas, los encuentros, los roces, los conflictos que genera la convivencia… 
No hay educación a distancia. Puede haber instrucción, eso sí. No existe socialización desde la soledad y el aislamiento social. La educación exige comunicación y encuentro. El mundo virtual no nos permite relacionarnos intensamente, no nos enseña a convivir. El aprendizaje de la ciudadanía no se puede hacer a través de la pantalla porque a convivir se aprende conviviendo. 
Presencia es cercanía, no sobreprotección. Presencia es disponibilidad, no coacción. Presencia es amor, no dominio. Los alumnos y las alumnas tienen que construir su autonomía desde la confianza y el reconocimiento de aquellos a quienes tienen al lado.
La escuela tuvo y tiene un inmenso sentido socializador. Es la gran mezcladora social. Me dice al respecto mi querido amigo argentino Daniel Prieto: “Todo se sentía y se resolvía entre seres humanos, ahora caminamos hacia los distanciamientos tecnológicos. He trabajado mucho en educación a distancia, aunque lejos estaban mis búsquedas de este cierre de la presencialidad a escala planetaria. En la mirada sobre la modalidad mi pregunta fue siempre: ¿a distancia de qué? La cuestión no ha sido para mí lo caracterizado como “remoto” o como “lejano”. La propuesta que he tratado de sostener plantea: a distancia del autoritarismo, del “dictado” de clases, de la evaluación punitiva, de la burocratización de las relaciones…”.
Una escuela es una escuela cuando es una escuela. Es decir cuando es una comunidad de aprendizaje a través de la interacción. Cuando es una comunidad con relaciones diversas encaminadas a la convivencia y al aialogo y cuando propicia el sentido de pertenencia.
Los espacios de la escuela están llenos de posibilidades educativas. Nosotros hacemos los espacios y los espacios nos hacen a nosotros. No existen espacios educativos a distancia. Solo tenemos pantallas que nos ofrecen imágenes planas y sonidos, pero que nos  privan de la corporeidad.
La comunicación entre los alumnos, cuando la escuela es virtual, reduce los contenidos de las comunicaciones al ámbito académico y simplifica  y empobrece el contenido relacionado con el mundo emocional. Digamos que la pantalla circunscribe la comunicación al ámbito del aprendizaje intelectual.
Volver a la escuela es recuperar toda la potencialidad educativa de la comunicación en el espacio y en el tiempo. Sentir a los otros en su dinamismo social. Potenciar el entramado de las relaciones, fortalecer la urdimbre de los afectos.
Al volver a la escuela recuperaremos la comunicación perdida. Incluidos los riesgos de la extorsión y del acoso. Lo importante es aprender a convivir en armonía y respeto, superando los riesgos, no evitándolos Lo educativo es saber compartir la tarea dentro de las exigencias que nos impone la dignidad humana
Se participa de forma diferente cuando se está presente. Se proyecta, se actúa y se evalúa de manera distinta cuando conoces y construyes el contexto de la acción. Cuando están todos y todas  presentes en el tiempo y en el espacio.
Para mí (y así lo he explicado en varios libros: “Entre bastidores”, “La luz del prisma”, “Cadenas y sueños”…) es importante la escuela como escenario de una rica red de relaciones, de encuentros, de emociones y de vivencias, que no tienen cabida en la enseñanza virtual.
Recuperar el espacio físico de la escuela es recrear, después de la obligada y larga ausencia, las funciones más ricas de la comunicación educativa. La escuela de la mirada atenta, de los saludos afectuosos, del abrazo sincero, del diálogo respetuoso, de la ayuda mutua, de la amistad serena, del debate apasionado y de los proyectos compartidos.
Las familias volverán a sus trabajos, si los tienen o tendrán que buscarlos. Necesitarán que los hijos estén escolarizados, lo que significa que estarán protegidos y, además, conviviendo y aprendiendo.
Lo que no se puede es condenar a la comunidad educativa a vivir unos riesgos innecesarios. Si se vuelve, hay que volver con garantías: reducción de los grupos, aumento de profesorado, distancias de seguridad, uso de mascarillas (a pesar de que impiden la lectura del movimiento de los labios y hacen desaparecer las sonrisas), material higiénico, restricciones en los recreos, llegadas y salidas escalonadas… No creo que todos puedan volver a la vez. Habrá que alternar la presencia por días. 
La situación requerirá autonomía (organizativa y curricular) de los centros. No puede haber una legislación minuciosa igual para todos. A partir de ahora no se podrá decir: todos, todos de la misma manera, en los mismos tiempos, con el mismo ritmo… Lo cual no quiere decir que tenga que darse libertad al zorro y a las gallinas.



domingo, 9 de agosto de 2020

Voces en la frontera



Voces en la frontera



Todos somos extranjeros en la mayor parte del mundo, pero no vivimos esa extrañeza con igual intensidad. El miedo y la amenaza electrizan las fronteras, las aduanas, las inspecciones de inmigración.

 Cuando aterrizas, unos agentes escudriñan tu pasaporte y tu cara como dos falsificaciones mal acopladas. A tu alrededor, percibes la tensión en los ojos rasgados, los turbantes, los velos, las pieles oscuras: las maletas de los estereotipos no se facturan, pero pasan factura.

 Algo queda del territorio hostil del wéstern en los páramos de esas terminales internacionales.

Sabes que hay más terror en algunos aeropuertos que en los aviones, hemos desafiado con mayor éxito la fuerza de la gravedad que la de los prejuicios.

En los años cuarenta del pasado siglo, después de la Guerra Civil, el escritor Ramón J. Sender se refugió en Estados Unidos. Conocía bien la mirada del odio: fusilaron a su mujer, Amparo Barayón, y él siempre pensó que había muerto en su lugar. 
La huella de ese recuerdo terrible impregna su literatura. Relatos fronterizos describe un viaje en autobús por Texas. Allí conoce a una niña enferma de oscuros ojos calcinados por la fiebre, y a su madre. En una parada, los tres entran juntos en un drugstore para comprar aspirinas tomándolos por una familia latina, la empleada de la farmacia reacciona como si no estuvieran.

Sender escribe: “Nunca había imaginado lo que es no ser nadie. Aquella mujer se negaba a aceptar que existiéramos y lo hacía con una dolorosa naturalidad. No habíamos nacido, no desplazábamos el aire ni ocupábamos lugar. No nos veía. Se negaba a vernos. (…) Yo podía no existir, pero la niña necesitaba ayuda. Ella sí que existía”. Ramón se enfurece, grita: acaban de arrojarlos a la orilla áspera de la humanidad.

 Dos policías les expulsan del establecimiento, sin permitirles comprar los calmantes para Yolanda, la chiquilla de ojos negros.
 Recuerdas los versos de la poeta mexicana Jimena González, que hoy resuenan con otros ecos: “Alzo la voz para no negarnos, / porque tenemos nombre / y no dejaremos que lo olviden”.

Sender, como ellas, sabía que el racismo no emerge únicamente ante el color de la piel o los rasgos que dibujan un rostro. Nadie llama inmigrante a un deportista extranjero de sueldo millonario ni a un prestigioso ejecutivo de otro país. El dinero abre las fronteras, mientras los desamparados llevan vidas apátridas en su tierra natal. Es fácil detectar la discriminación en el ojo ajeno sin ver la aporofobia en el propio. En este mundo del dar para recibir, molestan quienes en apariencia

poco pueden ofrecer: refugiados, migrantes, sin techo.

Todos los imperios —también los nuestros— se edifican sobre un cimiento mestizo de civilización y barbarie. El historiador Tácito escribió sobre las campañas de los romanos: “A la rapiña, el asesinato y el robo, los llaman por mal nombre gobernar; y donde crean un desierto, lo llaman paz”.

 Junto a los logros del progreso, guardamos una memoria atravesada por las guerras raciales, las cicatrices de la esclavitud, la apropiación de las tierras de pieles más pobres.
 Haberlo vivido, ser nadie para alguien, cambia la mirada. Por eso Sender situó su novela El bandido adolescente en Nuevo México, pocos años después del Tratado de Guadalupe Hidalgo que anexionó a Estados Unidos más de la mitad del territorio mexicano. 
Allí late el desarraigo de esos habitantes que, de la noche a la mañana, pasaron a ser ciudadanos de segunda en un nuevo país. 
Ellos no se movieron, se movió la frontera.


Sender transitó en aquella tarde texana de la orilla privilegiada a los páramos de la intemperie. En realidad, todos somos —sin excepción— descendientes del viaje.

 Los datos genéticos apuntan en una dirección clara: los ancestros de los humanos modernos vivieron en África hace entre 100.000 y 200.000 años. Los europeos fuimos africanos durante una larga etapa del pasado. En ese extraño trayecto histórico, la especie vagabunda desarrolló un cerebro temeroso del diferente. La humanidad comparte esta paradoja disgregadora: nuestra memoria es, a la vez, racista y extranjera.

viernes, 7 de agosto de 2020

Por un Plan de Municipal de apoyo al pequeño comercio y a las tiendas de nuestros barrios.

Por un Plan de Municipal  de apoyo al pequeño comercio y a las tiendas de nuestros barrios en Dos Hermanas.(I)
Pepe Oliver.




 *OBJETIVOS  del PLAN MUNICIPAL.
 Incremento de la actividad comercial minorista para:

 a.-Evitar un vaciamiento comercial del centro urbano y los barrios tradicionales de la ciudad.

 b.-Fortalecer  la economía con base y origen local ,  creadora de empleo estable y de riqueza que suele permanecer en nuestra ciudad.
 c.-Integrar el comercio de proximidad mucho más en la vida de la ciudad, que además  incentivará al Ayuntamiento  en la mejora del urbanismo comercial,  la movilidad,  la accesibilidad,  la ocupación de vía pública,  la limpieza,  la seguridad, etc.

d.- Favorecer un modelo de ciudad integradora y sostenible, en la que el pequeño comercio debe ser un  protagonista fundamental. Habrá que buscar  soluciones para reducir locales inactivos,  modernizar  los mercados municipales, ampliar la peatonalizacion, zonas de ocio infantil cercanas a las zonas comerciales , transportes públicos con accesos fáciles y suficientes a zonas comerciales del centro y los barrios... 



*Preparación del Plan de apoyo al  pequeño Comercio y  tiendas de nuestros barrios. Pasos:


 1.- Dignóstico de la situación del pequeño comercio.Con carácter previo a la elaboración del Plan, se  realizaria un diagnóstico del sector, centrado especialmente en el análisis de los hábitos de compra así como en las demandas los ciudadanos para conocer las fortalezas y debilidades del pequeño comercio en general y en Dos Hermanas en particular.

2.- Elaboración de un Plan participado por los grupos políticos, entidades sociales, y económicas de Dos Hermanas. El Objetivo, involucrar a la sociedad nazarena en el fortalecimiento de la economía  con base y origen local ,  creadora de empleo estable y de riqueza que permanece  en nuestra ciudad.

 3.- Llevar a  Pleno Municipal de Dos Hermanas un Plan consensuado  para su aprobación.

4.- Puesta en prática del Plan  Municipal de apoyo al pequeño comercio  y a las tiendas de los barrios de Dos Hermanas.(Fiesta, Propaganda, actividades, 1ª Feria del pequeño comercio, pymes y Cooperativas de Dos Hermanas  que se podría convertir en anual, Jornadas  de Estudio, información y debates sobre el pequeño comercio en general y en Dos Hermanas en particular con la colaboración de las Universidades Pablo de Olavide e Hispalense )



En una próxima entrada  y segunda entrada aportaré propuestas concretas para articular y desarrollar el Plan Municipal de apoyo al pequeño comercio y a las tiendas de nuestros barrios.

Pepe Oliver



miércoles, 5 de agosto de 2020

Vales lo que valen tus amigos.



Vales lo que valen tus amigos.
Alfonso Aza Jácome

Espacio de Reflexión
Hay un refrán que le escuché a alguien, hace ya muchos años,
 que me sirvió para la vida y para entender la fuerza de la amistad:
 “tanto vales, cuanto valen tus amigos”. 
O sea, la sumatoria de lo que tus amigos están dispuestos a hacer 
por ti, es el valor real que cada uno de nosotros tenemos como persona.
 Ni más ni menos. Si quieres formarte un juicio acerca de alguien, 
observa quiénes son sus amigos.

En casa tan solo somos Luis o María. Esposos y padres. 
Hijos o hermanos. En el trabajo, jefe, colega o subordinado.
Pero como explica C. S. Lewis en su libro “Los cuatro amores”
 la amistad es diferente. Ahí no importa la familia, la profesión,
el estrato, la raza o el pasado del otro. 

Lo único que importa es la personalidad desnuda 
que se comparte con el otro, así como las ideas e intereses 
comunes. 
Por otra parte, y a diferencia del amor, la amistad es 
innecesaria como la filosofía o el arte. 
Para sobrevivir no tengo la obligación de ser amigo de nadie. 
Tampoco nadie tiene necesidad de mi amistad.
 Más bien, es una de esas cosas que le dan color a la vida…

La magia de la amistad está dentro de nosotros desde 
la infancia. 
La descubrimos cuando, de una forma fácil y espontánea,
 nos acercamos al otro de manera desinteresada, al reconocernos 
como iguales.
 Por eso la amistad de los niños es la amistad más genuina y
 sincera de la vida.
 Una vez que se hace fuerte, pueden pasar años de silencio, 
océanos de distancia y basta con un simple encuentro para que 
se avive como si no hubiese pasado ni un día de ausencia.


Sin embargo, la amistad se introduce en todas las edades.
 Pero antes, es necesario distinguir al compañero del amigo:
 el primero es involuntario o accidental; el segundo, voluntario 
y decidido. De esta forma, solo los sabios se dan cuenta de 
que la amistad se cultiva. No se puede dejar crecer la hierba 
en el camino. La amistad requiere de atención y cuidados.

Si tienes amigos dale gracias a la vida por haberte dado
 la fortuna de contar con ellos, con sus virtudes y defectos, 
con encuentros y desencuentros, con silencios y palabras. 
Un amigo fiel es un tesoro; no tiene precio porque un
 buen amigo es “otro yo”. Un amigo es alguien con quien
se puede no hacer nada y disfrutarlo. Es una persona con la
 que se puede pensar en voz alta. Incluso un amigo lo sabe todo 
de ti y, a pesar de ello, te quiere y aprecia. Es alguien en quien
 puedes confiar. Es como un puerto para la vida. 
Quien no tiene un buen amigo a quien contar sus dichas y
 sus penas, en todas partes es un extraño.
 Por tanto, vivir sin amigos no es vivir.

En el crisol se prueba el oro y en la adversidad, al amigo
 verdadero. Conocemos a nuestros amigos en el interés que 
toman en los momentos de nuestra desgracia y en el celo que
 manifiesten en nuestras miserias y enfermedades. 
Por eso la lealtad y la correspondencia son las monedas 

con las que se compra este tesoro.


Siempre he pensado que nuestro paso por esta vida se aligera 
porque existe la amistad y, además, porque con nuestros
 reencuentros y mensajes la mantenemos vigente y viva,
 especialmente durante este confinamiento. 
Desde aquí les mando un agradecimiento especial a todos a
quellos que alguna vez, de manera desinteresada, me ofrecieron 
su amistad.


martes, 4 de agosto de 2020

Adolescentes: del olvido en el confinamiento a la crítica constante en la nueva normalidad, Tania García



Adolescentes: del olvido en el confinamiento a la crítica constante en la nueva normalidad,

EL PAÍS. Adolescentes y confinamiento

 Escritora de ‘Educar sin perder los nervios’, directora de edurespeta.com y creadora de la Educación Real.

Para poder entender la adolescencia, sus necesidades y virtudes, debemos de dejar de criminalizarla, de juzgarla y de etiquetarla


Adolescencia, esa gran desconocida. Esa que todo el mundo etiqueta como rebelde, intensa, hormonal, agotadora… Cuando algún conocido tiene un hijo o hija en esa etapa, casi que le damos el pésame. Esto sucede porque nos enfocamos en lo que el adulto tiene que «aguantar», pero ¿alguien piensa en el adolescente y en sus necesidades?


La adolescencia es una de las etapas más trascendentales de la vida, en la que el cerebro experimenta una serie de cambios y conexiones que suponen un antes y un después para la persona. Un periodo en el que los chavales se encuentran sumidos en fases que viven en forma de duelo. Por un lado, el duelo de su infancia, ya que, sin comerlo ni beberlo, no se sienten niños ni niñas y deben decir adiós a su cuerpo de siempre y aceptar su nueva imagen, conocerla, identificarla, sentirse a gusto con ella e integrar que nunca volverán los días de inocencia, estabilidad interior y seguridad al lado de sus padres. Y, por otro lado, la sensación de no pertenecer ni al mundo infantil ni al mundo adulto, teniendo en cuenta, además, que su mundo parece ser solo un estorbo social: los padres se quejan, los familiares se quejan, los profesores se quejan... Se sienten en tierra de nadie.
Es un periodo difuso, extraño, confuso y con muchos cambios de humor, lleno de inseguridades y miedos, en el que necesitan profundamente a sus padres y a la vez llegan a odiarlos. Tienen claras sus metas y a la vez no saben nada, están bien y mal al mismo tiempo, necesitan soledad absoluta y sienten casi rechazo hacia sus padres, pero también necesitan muchos abrazos, conversaciones, entendimiento, respeto y amor que no se atreven a pedir.

Dentro de todo este vaivén cerebral, y por ende psicológico y emocional que tienen los adolescentes y que es muy difícil de llevar, con quien más seguros se sienten es con sus amigos. La vida social es lo más importante para ellos, pero no porque sean rebeldes, estén en la edad del pavo o no quieran relacionarse con sus padres; simplemente porque sus amigos son sus iguales, están en su misma etapa y son las únicas personas con las que se sienten cien por cien ellos mismos. Las sensaciones de no pertenecer a nadie y de desprotección se disipan de golpe estando en su grupo, allí todos son iguales; a pesar de sus diferencias, en grupo se sienten, por fin, libres.
Además, al no vivir en el mismo hogar y tener cada uno familias distintas, su lugar común suele ser el espacio público, la calle, los parques, un banco… Y de ese espacio hacen su hogar, un hogar en el que se sienten mejor que en ningún otro sitio.
Durante el confinamiento no han tenido nada de ello, por eso han pasado por momentos emocionales difíciles, autoexcluidos en su habitación para poder hablar con sus amigos online, deseando reunirse con ellos, haciendo planes y contando los días para volver a sentirse en conexión con alguien.
Los adolescentes necesitan estar con chicos y chicas de su edad tanto como comer, dormir y beber agua. Por ello, al haber estado privados de esta compañía, cuando han visto una pequeña salida, se han lanzado sin ver más allá. Es como si unos leones hubieran tenido que comer brócoli durante dos meses y de pronto vieran una cebra: la dieta se habría acabado sin mirar atrás.


En las últimas semanas, ha habido jóvenes (no todos los adolescentes de nuestro país) que han asistido a macrofiestas una vez han podido salir, y esto no es más que el resultado de un confinamiento en el que no se ha pensado en ellos… Han aguantado dentro de casa, han aceptado no tener horarios a los que acogerse y no ser tenidos en cuenta (ni a ellos ni sus necesidades cerebrales) y han sufrido mucho… Porque sí, un adolescente dentro de casa es alguien que sufre, que vive estados emocionales depresivos, que se siente solo, aburrido, perdido, sin el hogar que le procuran sus amigos.


Para poder entender la adolescencia, sus necesidades y virtudes, dejemos de criminalizarla, de juzgarla, de criticarla y de etiquetarla. Sí, han realizado botellones y han salido en manada, pero ni van a ser los responsables del rebrote pandémico (solo hay que ver las terracitas para darnos cuenta de ello) ni son los culpables de haberse unido en grandes pandillas para celebrar en su hogar y en la calle y conectar entre ellos… Para haber llegado a eso, han tenido que darse una serie de acontecimientos como los que han tenido lugar.
Empecemos a pensar en ellos como otros de los grandes héroes del confinamiento, porque lo han sido. Comencemos a estudiar lugares en nuestras localidades que puedan ser adaptados a ellos, a su necesidad de estar en grupo, aportemos como madres, padres y profesionales una buena educación adolescente en la que no necesiten del alcohol para divertirse y amarse a sí mismos, respetemos su etapa y dejemos de etiquetarla, de reírnos de ella y de señalarlos como delincuentes. Con incivismo no se nace, se hace, y suele ocurrir precisamente por no ser atendidos emocional y cerebralmente como necesitan.
Los adolescentes no son adultos. Los adultos somos nosotros, los que debemos guiarlos en vez de ponerles piedras en el camino.
Viva la adolescencia y vivan nuestros adolescentes.