Adolescentes: del olvido en el confinamiento a la crítica constante en la nueva normalidad,
Tania García
EL PAÍS. Adolescentes y confinamiento
Escritora de ‘Educar sin perder los nervios’, directora de edurespeta.com y creadora de la Educación Real.
Para poder entender la adolescencia, sus necesidades y virtudes, debemos de dejar de criminalizarla, de juzgarla y de etiquetarla
Adolescencia, esa gran desconocida. Esa que todo el mundo etiqueta
como rebelde, intensa, hormonal, agotadora… Cuando algún conocido tiene
un hijo o hija en esa etapa, casi que le damos el pésame. Esto sucede
porque nos enfocamos en lo que el adulto tiene que «aguantar», pero
¿alguien piensa en el adolescente y en sus necesidades?
La adolescencia es una de las etapas más trascendentales de la vida,
en la que el cerebro experimenta una serie de cambios y conexiones que
suponen un antes y un después para la persona. Un periodo en el que los
chavales se encuentran sumidos en fases que viven en forma de duelo. Por
un lado, el duelo de su infancia, ya que, sin comerlo ni beberlo, no se
sienten niños ni niñas y deben decir adiós a su cuerpo de siempre y
aceptar su nueva imagen, conocerla, identificarla, sentirse a gusto con
ella e integrar que nunca volverán los días de inocencia, estabilidad
interior y seguridad al lado de sus padres. Y, por otro lado, la
sensación de no pertenecer ni al mundo infantil ni al mundo adulto,
teniendo en cuenta, además, que su mundo parece ser solo un estorbo
social: los padres se quejan, los familiares se quejan, los profesores
se quejan... Se sienten en tierra de nadie.
Es
un periodo difuso, extraño, confuso y con muchos cambios de humor,
lleno de inseguridades y miedos, en el que necesitan profundamente a sus
padres y a la vez llegan a odiarlos. Tienen claras sus metas y a la vez
no saben nada, están bien y mal al mismo tiempo, necesitan soledad
absoluta y sienten casi rechazo hacia sus padres, pero también necesitan
muchos abrazos, conversaciones, entendimiento, respeto y amor que no se
atreven a pedir.
Dentro de todo este vaivén cerebral, y por ende psicológico y
emocional que tienen los adolescentes y que es muy difícil de llevar,
con quien más seguros se sienten es con sus amigos. La vida social es lo
más importante para ellos, pero no porque sean rebeldes, estén en la edad del pavo
o no quieran relacionarse con sus padres; simplemente porque sus amigos
son sus iguales, están en su misma etapa y son las únicas personas con
las que se sienten cien por cien ellos mismos. Las sensaciones de no
pertenecer a nadie y de desprotección se disipan de golpe estando en su
grupo, allí todos son iguales; a pesar de sus diferencias, en grupo se
sienten, por fin, libres.
Además, al no vivir en el mismo hogar y tener cada uno familias
distintas, su lugar común suele ser el espacio público, la calle, los
parques, un banco… Y de ese espacio hacen su hogar, un hogar en el que
se sienten mejor que en ningún otro sitio.
Durante el confinamiento no han tenido nada de ello, por eso han pasado por momentos emocionales difíciles, autoexcluidos en su habitación para poder hablar con sus amigos online, deseando reunirse con ellos, haciendo planes y contando los días para volver a sentirse en conexión con alguien.
Los adolescentes necesitan estar con chicos y chicas de su edad tanto
como comer, dormir y beber agua. Por ello, al haber estado privados de
esta compañía, cuando han visto una pequeña salida, se han lanzado sin
ver más allá. Es como si unos leones hubieran tenido que comer brócoli
durante dos meses y de pronto vieran una cebra: la dieta se habría
acabado sin mirar atrás.
En las últimas semanas, ha habido jóvenes (no todos los adolescentes de nuestro país)
que han asistido a macrofiestas una vez han podido salir, y esto no es
más que el resultado de un confinamiento en el que no se ha pensado en
ellos… Han aguantado dentro de casa, han aceptado no tener horarios a
los que acogerse y no ser tenidos en cuenta (ni a ellos ni sus
necesidades cerebrales) y han sufrido mucho… Porque sí, un adolescente
dentro de casa es alguien que sufre, que vive estados emocionales
depresivos, que se siente solo, aburrido, perdido, sin el hogar que le
procuran sus amigos.
Para poder entender la adolescencia, sus necesidades y virtudes,
dejemos de criminalizarla, de juzgarla, de criticarla y de etiquetarla.
Sí, han realizado botellones y han salido en manada, pero ni van a ser
los responsables del rebrote pandémico (solo hay que ver las terracitas
para darnos cuenta de ello) ni son los culpables de haberse unido en
grandes pandillas para celebrar en su hogar y en la calle y conectar
entre ellos… Para haber llegado a eso, han tenido que darse una serie de
acontecimientos como los que han tenido lugar.
Empecemos a pensar en ellos como otros de los grandes héroes del
confinamiento, porque lo han sido. Comencemos a estudiar lugares en
nuestras localidades que puedan ser adaptados a ellos, a su necesidad de
estar en grupo, aportemos como madres, padres y profesionales una buena
educación adolescente en la que no necesiten del alcohol para
divertirse y amarse a sí mismos, respetemos su etapa y dejemos de
etiquetarla, de reírnos de ella y de señalarlos como delincuentes. Con
incivismo no se nace, se hace, y suele ocurrir precisamente por no ser
atendidos emocional y cerebralmente como necesitan.
Los adolescentes no son adultos. Los adultos somos nosotros, los que debemos guiarlos en vez de ponerles piedras en el camino.
Viva la adolescencia y vivan nuestros adolescentes.


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