Vales lo que valen tus amigos.
Alfonso Aza Jácome
Espacio de Reflexión
Hay un refrán que le escuché a alguien, hace ya muchos años,
que me sirvió para la vida y para entender la fuerza de la amistad:
“tanto vales, cuanto valen tus amigos”.
O sea, la sumatoria de lo que tus amigos están dispuestos a hacer
por ti, es el valor real que cada uno de nosotros tenemos como persona.
Ni más ni menos. Si quieres formarte un juicio acerca de alguien,
En casa tan solo somos Luis o María. Esposos y padres.
Hijos o hermanos. En el trabajo, jefe, colega o subordinado.
Pero como explica C. S. Lewis en su libro “Los cuatro amores”
la amistad es diferente. Ahí no importa la familia, la profesión,
el estrato, la raza o el pasado del otro.
Lo único que importa es la personalidad desnuda
que se comparte con el otro, así como las ideas e intereses
comunes.
Por otra parte, y a diferencia del amor, la amistad es
innecesaria como la filosofía o el arte.
Para sobrevivir no tengo la obligación de ser amigo de nadie.
Tampoco nadie tiene necesidad de mi amistad.
Más bien, es una de esas cosas que le dan color a la vida…
La magia de la amistad está dentro de nosotros desde
la infancia.
La descubrimos cuando, de una forma fácil y espontánea,
nos acercamos al otro de manera desinteresada, al reconocernos
como iguales.
Por eso la amistad de los niños es la amistad más genuina y
sincera de la vida.
Una vez que se hace fuerte, pueden pasar años de silencio,
océanos de distancia y basta con un simple encuentro para que
se avive como si no hubiese pasado ni un día de ausencia.

Sin embargo, la amistad se introduce en todas las edades.
Pero antes, es necesario distinguir al compañero del amigo:
el primero es involuntario o accidental; el segundo, voluntario
y decidido. De esta forma, solo los sabios se dan cuenta de
que la amistad se cultiva. No se puede dejar crecer la hierba
en el camino. La amistad requiere de atención y cuidados.
Si tienes amigos dale gracias a la vida por haberte dado
la fortuna de contar con ellos, con sus virtudes y defectos,
con encuentros y desencuentros, con silencios y palabras.
Un amigo fiel es un tesoro; no tiene precio porque un
buen amigo es “otro yo”. Un amigo es alguien con quien
se puede no hacer nada y disfrutarlo. Es una persona con la
que se puede pensar en voz alta. Incluso un amigo lo sabe todo
de ti y, a pesar de ello, te quiere y aprecia. Es alguien en quien
puedes confiar. Es como un puerto para la vida.
Quien no tiene un buen amigo a quien contar sus dichas y
sus penas, en todas partes es un extraño.
Por tanto, vivir sin amigos no es vivir.
En el crisol se prueba el oro y en la adversidad, al amigo
verdadero. Conocemos a nuestros amigos en el interés que
toman en los momentos de nuestra desgracia y en el celo que
manifiesten en nuestras miserias y enfermedades.
Por eso la lealtad y la correspondencia son las monedas
con las que se compra este tesoro.
Siempre he pensado que nuestro paso por esta vida se aligera
porque existe la amistad y, además, porque con nuestros
reencuentros y mensajes la mantenemos vigente y viva,
especialmente durante este confinamiento.
Desde aquí les mando un agradecimiento especial a todos a
quellos que alguna vez, de manera desinteresada, me ofrecieron
su amistad.
que me sirvió para la vida y para entender la fuerza de la amistad:
“tanto vales, cuanto valen tus amigos”.
O sea, la sumatoria de lo que tus amigos están dispuestos a hacer
por ti, es el valor real que cada uno de nosotros tenemos como persona.
Ni más ni menos. Si quieres formarte un juicio acerca de alguien,
observa quiénes son sus amigos.
En casa tan solo somos Luis o María. Esposos y padres.
Hijos o hermanos. En el trabajo, jefe, colega o subordinado.
Pero como explica C. S. Lewis en su libro “Los cuatro amores”
la amistad es diferente. Ahí no importa la familia, la profesión,
el estrato, la raza o el pasado del otro.
Lo único que importa es la personalidad desnuda
que se comparte con el otro, así como las ideas e intereses
comunes.
Por otra parte, y a diferencia del amor, la amistad es
innecesaria como la filosofía o el arte.
Para sobrevivir no tengo la obligación de ser amigo de nadie.
Tampoco nadie tiene necesidad de mi amistad.
Más bien, es una de esas cosas que le dan color a la vida…
La magia de la amistad está dentro de nosotros desde
la infancia.
La descubrimos cuando, de una forma fácil y espontánea,
nos acercamos al otro de manera desinteresada, al reconocernos
como iguales.
Por eso la amistad de los niños es la amistad más genuina y
sincera de la vida.
Una vez que se hace fuerte, pueden pasar años de silencio,
océanos de distancia y basta con un simple encuentro para que
se avive como si no hubiese pasado ni un día de ausencia.

Sin embargo, la amistad se introduce en todas las edades.
Pero antes, es necesario distinguir al compañero del amigo:
el primero es involuntario o accidental; el segundo, voluntario
y decidido. De esta forma, solo los sabios se dan cuenta de
que la amistad se cultiva. No se puede dejar crecer la hierba
en el camino. La amistad requiere de atención y cuidados.
Si tienes amigos dale gracias a la vida por haberte dado
la fortuna de contar con ellos, con sus virtudes y defectos,
con encuentros y desencuentros, con silencios y palabras.
Un amigo fiel es un tesoro; no tiene precio porque un
buen amigo es “otro yo”. Un amigo es alguien con quien
se puede no hacer nada y disfrutarlo. Es una persona con la
que se puede pensar en voz alta. Incluso un amigo lo sabe todo
de ti y, a pesar de ello, te quiere y aprecia. Es alguien en quien
puedes confiar. Es como un puerto para la vida.
Quien no tiene un buen amigo a quien contar sus dichas y
sus penas, en todas partes es un extraño.
Por tanto, vivir sin amigos no es vivir.
En el crisol se prueba el oro y en la adversidad, al amigo
verdadero. Conocemos a nuestros amigos en el interés que
toman en los momentos de nuestra desgracia y en el celo que
manifiesten en nuestras miserias y enfermedades.
Por eso la lealtad y la correspondencia son las monedas
con las que se compra este tesoro.
Siempre he pensado que nuestro paso por esta vida se aligera
porque existe la amistad y, además, porque con nuestros
reencuentros y mensajes la mantenemos vigente y viva,
especialmente durante este confinamiento.
Desde aquí les mando un agradecimiento especial a todos a
quellos que alguna vez, de manera desinteresada, me ofrecieron
su amistad.




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